Uno tras otro, y pláticas
cordiales;
pláticas que siempre tienen sentido
aunque jamás se recuerden, irreales
como los pasos y el polvo adherido
que se desprenden. En estos lugares,
por los que sin ver hallamos camino,
discurren de ansia diversos azares.
Entre el calor y el
sendero pulido;
bajo nuestro pie, bajo nuestra vista,
bajo la mudez que les exigimos;
en nuestro andar nos halló su pista.
No en sí la
miseria, uno de sus mimos.
Dada al abandono y aún su frente lisa,
vendía su fruta y sus juegos perdidos.